martes, 27 de mayo de 2014

De Lavapiés a Lisboa: una montaña rusa de emociones

Pablo estaba nervioso. A sus 22 años, este ferviente seguidor del Real Madrid no conseguía calmar sus ánimos a eso de las 5 de la tarde del sábado. Quizás por eso, decidió salir a tomar unas cervezas al barrio de Lavapiés para despejarse de la tensión que acumulaba una mente que no recordaba la previa de un partido igual: “Es la Décima, tíos”, decía. Supersticioso, había desechado la posibilidad de ver el encuentro con sus amigos porque, según él, “están gafados”.

El corazón de Imanol tampoco estaba para grandes trotes. Una semana antes había visto a su venerado Cholo Simeone levantar la Liga, pero este joven manchego no se conformaba. Nadie entre los hinchas del Atlético lo hacía. En sus manos estaba ganar su primera Champions League, nada más ni nada menos que al eterno rival. Al vecino rico. Quizás por eso, Imanol y sus amigos habían reservado billetes para Lisboa nada más confirmarse su pase a la final. Partido a partido, habían llegado hasta allí.

Durante los 90 minutos reglamentarios, las caras de Pablo e Imanol mostraban semblantes muy distintos. La situación en Lavapiés adquiría tintes dramáticos: el joven madrileño se tapaba el rostro con su bufanda, la de la Novena, incrédulo con lo que estaba ocurriendo en el Da Luz: Un Madrid irreconocible estaba sucumbiendo ante un intensísimo Atlético. La expresión facial de Imanol en Lisboa ocultaba tensión, felicidad y orgullo. Esto último nunca desaparecería.

En el minuto 93, el gol de Sergio Ramos lo cambió todo. La terraza de Lavapiés estallaba de alegría y liberación, y Pablo celebraba de rodillas en el suelo lo que acababa de suceder. El central de Camas había dado la vuelta a la tortilla, y su cabezazo infligió un golpe en lo más hondo de los corazones atléticos. Lo que estaba ganado, ahora estaba perdido, y muchos como Imanol ya eran conscientes de ello. Aún así, seguían apelando al espíritu del Cholo. No les quedaba otra. Fe ciega en el hombre que les había llevado hasta allí.


Pero en este caso, la fe no movió ninguna montaña. Los blancos llegaban más frescos al área colchonera, y la terraza de Lavapiés rugía pidiendo más. Los aficionados neutros estaban ya posicionados a favor de un Atlético al que la final se le iba a hacer larguísima. Pablo estallaba de júbilo con cada uno de los goles  que los blancos marcaron hasta el fin de la fatídica prórroga. Imanol agachaba la cabeza y lloraba. Una oportunidad histórica acababa de desvanecerse ante sus ojos. El orgullo, sin embargo, seguía y seguirá latiendo en su interior.

No hay comentarios:

Publicar un comentario