Pablo estaba nervioso. A sus 22 años, este ferviente
seguidor del Real Madrid no conseguía calmar sus ánimos a eso de las 5 de la
tarde del sábado. Quizás por eso, decidió salir a tomar unas cervezas al barrio
de Lavapiés para despejarse de la tensión que acumulaba una mente que no
recordaba la previa de un partido igual: “Es la Décima, tíos”, decía.
Supersticioso, había desechado la posibilidad de ver el encuentro con sus
amigos porque, según él, “están gafados”.
El corazón de Imanol tampoco estaba para grandes trotes. Una
semana antes había visto a su venerado Cholo Simeone levantar la Liga, pero
este joven manchego no se conformaba. Nadie entre los hinchas del Atlético lo
hacía. En sus manos estaba ganar su primera Champions League, nada más ni nada
menos que al eterno rival. Al vecino rico. Quizás por eso, Imanol y sus amigos
habían reservado billetes para Lisboa nada más confirmarse su pase a la final. Partido
a partido, habían llegado hasta allí.
Durante los 90 minutos reglamentarios, las caras de Pablo e
Imanol mostraban semblantes muy distintos. La situación en Lavapiés adquiría
tintes dramáticos: el joven madrileño se tapaba el rostro con su bufanda, la de
la Novena, incrédulo con lo que estaba ocurriendo en el Da Luz: Un Madrid
irreconocible estaba sucumbiendo ante un intensísimo Atlético. La expresión
facial de Imanol en Lisboa ocultaba tensión, felicidad y orgullo. Esto último
nunca desaparecería.
En el minuto 93, el gol de Sergio Ramos lo cambió todo. La
terraza de Lavapiés estallaba de alegría y liberación, y Pablo celebraba de
rodillas en el suelo lo que acababa de suceder. El central de Camas había dado
la vuelta a la tortilla, y su cabezazo infligió un golpe en lo más hondo de los
corazones atléticos. Lo que estaba ganado, ahora estaba perdido, y muchos como
Imanol ya eran conscientes de ello. Aún así, seguían apelando al espíritu del
Cholo. No les quedaba otra. Fe ciega en el hombre que les había llevado hasta
allí.
Pero en este caso, la fe no movió ninguna montaña. Los
blancos llegaban más frescos al área colchonera, y la terraza de Lavapiés rugía
pidiendo más. Los aficionados neutros estaban ya posicionados a favor de un
Atlético al que la final se le iba a hacer larguísima. Pablo estallaba de júbilo
con cada uno de los goles que los
blancos marcaron hasta el fin de la fatídica prórroga. Imanol agachaba la
cabeza y lloraba. Una oportunidad histórica acababa de desvanecerse ante sus
ojos. El orgullo, sin embargo, seguía y seguirá latiendo en su interior.
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