Aunque esta práctica trataba
analizar los diferentes datos estadísticos que ofreció el pasado curso
educativo en España, hoy yo no voy a hablar de datos. He leído muchos, me han
llamado la atención algunos, pero no me preocupan tanto como otra problemática
que llevo observando en la universidad pública en general, y en esta facultad
de Ciencias de la Información en particular.
Hay conversaciones entre alumnos
en la cafetería de la Facultad de CCINF que pueden determinar fielmente para
cualquier oyente externo la realidad que vive la Universidad pública española.
Mejor que cualquier dato, de hecho. En cualquiera de esos diálogos podemos
encontrar fácilmente referencias a docentes adjetivados bajo las etiquetas de “rojo”
o “facha”. Estos adjetivos simbolizan perfectamente un tiempo pretérito y un
sistema rancio que la sociedad educativa española debería de esforzarse en
dejar atrás.
La libertad de cátedra y a la
diversidad intelectual son valores indispensables de la universidad Americana,
tal y como viene recogido en su “Academic Bill of Rights” creada por el SAF
(Students for Academic Freedom).
El concepto de libertad académica ha tenido su
premisa en la idea de que el conocimiento humano es una persecución ilimitada
de la verdad, que no hay un acceso humano a la verdad que no esté como
principio abierto a la disputa, y que no hay ningún partido o facción
intelectual que tiene el monopolio del saber. Pero la realidad de las aulas universitarias
españolas nos indica que este “derecho” se utiliza por parte de un gran
porcentaje de docentes para seguir ofreciendo informaciones y teorías
claramente sesgadas, sean de izquierdas, de derechas, nihilistas o lo que sean.
Sin cuestionar lo acertado o no de estas teorías, este modelo de enseñanza se
aleja y mucho del objetivo de que los profesores concienticen a su alumnos de
los otros puntos de vista existentes además de los propios.
La situación que (de)genera todo
esto se traduce en un sector considerable de alumnos que escogen a sus
profesores por proximidad ideológica, en lugar de por su calidad docente. La
ecuación es sencilla. Si las condiciones del profesorado público son cada vez
peores, cualitativa y cuantitativamente, el futuro de la educación ya es de por
sí malo. Si a esto le sumas que un porcentaje considerable de esos docentes sigue
adoctrinando, amedrentando y sesgando a la carta, el destino de la educación
secundaria española teñirse de un negro cada vez más oscuro.
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